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Convivencia Escolar en Chile: un análisis sobre la construcción de comunidad frente a la violencia

Hace unas semanas me encontraba en un colegio particular pagado dando una capacitación sobre la Ley de Autismo. Al cierre, mientras los funcionarios compartían sus legítimas inquietudes sobre la temática, hice un comentario que —por falta de tiempo para contextualizar— quizá no fue del todo comprendido: dije que, como apoderados, debíamos asumir la probabilidad de que, en algún momento, nuestros hijos e hijas recibieran un golpe en el contexto escolar.

Hice esta reflexión ante el reclamo de padres y madres de niños aparentemente sin mayores necesidades de apoyo, que se veían afectados por párvulos o estudiantes autistas en momentos de crisis. Aclaré, por cierto, que no es lo mismo una agresión entre pares en el contexto del aprendizaje socioemocional propio de su desarrollo, que la misma acción por parte de un estudiante de cursos mayores.

Esta situación me recordó cuando nos llamaron del jardín infantil de mi hijo. La educadora, agobiada, nos explicó que el niño había sufrido un “accidente” y estaba triste, por lo que debíamos retirarlo antes. Para mí fue un alivio cuando aclaró el tipo de incidente: había sido mordido por un compañerito. Parecía más preocupada ella que nosotros; comprendo que los apoderados no suelen reaccionar bien ante estos episodios. Personalmente, como educadora Waldorf con años de experiencia en el nivel, lo consideré algo esperable.

Me generaba más inquietud la situación inversa: que mi hijo fuera quien agrediera a otros. Por mucho que uno supervise a los niños y niñas constantemente, es casi imposible evitar estas situaciones. Si bien esto es más fácil de comprender en educación parvularia, la esencia del conflicto se mantiene a lo largo de toda la escolaridad, aunque cambie su naturaleza.

La convivencia escolar armónica no puede definirse simplemente como la ausencia de conflicto, sino como un proceso dinámico de construcción de comunidad. Esta comprensión es fundamental: la buena convivencia no es un estado de quietud impuesta por reglamentos, sino una dinámica viva de relaciones humanas donde la tensión surge naturalmente en el proceso de aprendizaje socioemocional.

En este sentido, el conflicto debe abordarse como una oportunidad pedagógica crítica que permite a párvulos y estudiantes (así como a los adultos) aprender a relacionarse de manera adaptativa a través de la empatía, la negociación y la reparación de vínculos. 

Sin embargo, nuestra sociedad enfrenta una contradicción profunda: mientras existe un escándalo generalizado ante la agresión física (lo cual es comprensible), se tiende a naturalizar formas silenciosas y devastadoras de violencia psicológica, como el desprecio, el aislamiento y la estigmatización de quienes son percibidos como diferentes.

Es imperativo validar el temor y la preocupación de las familias respecto a que sus hijos e hijas no sean víctimas de agresiones en el contexto escolar, pero es igualmente urgente que observemos todos los tipos de violencia, no solamente los más evidentes. Para que los establecimientos sean espacios de protección, la mirada pública y estatal debe desplazarse desde el desenlace fatal que acapara titulares —como el trágico ataque en Calama— hacia el proceso silencioso de exclusión y soledad crónica que antecede a tales estallidos.

Violencia Escolar como Reflejo de la Violencia Social

La evidencia recolectada en la última década sugiere que la actual crisis de convivencia en los establecimientos educacionales no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de violencia social sistémica. Las aulas se han convertido en la caja de resonancia de tensiones macroestructurales: el aumento de la criminalidad, la fragilidad de los vínculos familiares y la exposición a entornos digitales sin supervisión.

En este escenario, la soledad infantil emerge como un factor crítico, exacerbado por jornadas laborales extensas y un estrés socioeconómico que erosiona la capacidad de contención de padres, madres y cuidadores.

En este contexto, la neuropsiquiatra infanto-juvenil Amanda Céspedes sostiene que el concepto tradicional de «violencia escolar» es equívoco y potencialmente peligroso. Para la experta, esta terminología traslada la responsabilidad de forma exclusiva a las instituciones educativas, omitiendo que se trata de una violencia que los estudiantes traen desde su entorno (Montes, 2026).

Esta dinámica se nutre de la agresividad en el espacio público, el debilitamiento de las figuras de autoridad y un bombardeo mediático de contenidos violentos que niños, niñas y adolescentes consumen sin una mediación adulta que les permita procesarlos críticamente.

Los datos respaldan esta preocupación. Según el Observatorio Niñez Colunga & Centro Justicia y Sociedad UC (2024), la violencia contra la niñez en Chile ha mostrado una evolución alarmante, con retrocesos significativos tras la pandemia.

A pesar de los esfuerzos normativos, la violencia física persiste en niveles críticos, mientras que la agresión psicológica muestra un incremento sostenido, con un impacto más agudo en niñas y adolescentes mujeres.

Además, los estudiantes en situación de discapacidad enfrentan un mayor riesgo, presentando prevalencias significativamente más altas en casi todas las categorías de abuso, incluyendo las diferentes formas de violencia escolar y entre pares.

Salud mental, neurodivergencia e inclusión

El trágico incidente ocurrido en marzo de 2026 en Calama, donde un joven de 18 años atacó a su comunidad escolar, ofrece una lección dolorosa sobre las consecuencias de invisibilizar las necesidades de salud mental en la población socialmente vulnerable, como es el caso de niños, niñas y jóvenes neurodivergentes.

Aunque el debate mediático se centró en el acto violento, un análisis profundo revela una trayectoria de años de exclusión que el sistema no supo acompañar: la soledad crónica marcó su tránsito por el sistema escolar.

No es normal que un estudiante curse toda su escolaridad sin construir un solo vínculo de amistad genuino. Según relata la madre de Hernán (Chilevisión, 2026), el joven sufría por la exclusión de los hitos sociales propios de la edad y por un bullying persistente.

Ella relata haber solicitado apoyo a los profesores para la integración social de su hijo en reiteradas ocasiones, recibiendo atención únicamente de una psicopedagoga. En su testimonio, comenta cómo Hernán cargaba con la etiqueta de “niño TEA”, revelando una mirada patologizante del autismo que se tradujo en la dolorosa y frecuente expresión del joven: “El TEA me cagó la vida”.

Sobre esto último, la comunidad de adultos autistas —a la cual pertenezco— ha insistido vehementemente en el riesgo de estigmatizar a niños, niñas y jóvenes como “personas TEA”: una persona no puede ser un trastorno.

Si vamos a posicionarnos desde la mirada de la patología, que entiende el autismo como un trastorno del neurodesarrollo, lo correcto sería referirnos a «personas con TEA»; sin embargo, la cotidianidad de las comunidades educativas nos demuestra que se ha normalizado llamar a este grupo simplemente como “niños TEA”. Esto también debería escandalizarnos.

Respecto al caso de Calama, es imperativo distinguir entre los daños derivados de una desregulación emocional y aquellos que nacen de una planificación consciente. En una crisis de desregulación, especialmente en individuos autistas, no existe premeditación; el sistema nervioso colapsa frente a un entorno que supera su capacidad de procesamiento.

Sin embargo, cuando el entorno es hostil y la salud mental se deteriora sin intervención, el malestar puede escalar hacia conductas premeditadas alimentadas por el resentimiento y el aislamiento social. Entender esta distinción es crucial para dejar de criminalizar la neurodivergencia y empezar a gestionar los entornos escolares de manera profunda, preventiva y proactiva.

Hacia una convivencia corresponsable

Comencé esta nota mencionando mi intervención en una capacitación donde señalé que, como apoderados, debíamos asumir la probabilidad de que, en algún momento, nuestros hijos fueran agredidos en el contexto escolar.

Hoy mantengo mi postura. La convivencia en la diversidad implica reconocer que todos los miembros de la comunidad educativa cometerán, en algún punto, errores en sus interacciones. La capacidad adaptativa de un colegio no se mide por la ausencia de roces, sino por la solidez de sus vínculos para prevenir, contener y restaurar las relaciones cuando el conflicto ocurre.

Erradicar el acoso, la discriminación y la violencia es una responsabilidad compartida por todos los actores del sistema, incluyendo a padres, madres y apoderados de aquellos que quizá no golpean ni gritan, pero que en sus actitudes, gestos o silencios, por sutiles que parezcan, excluyen.

Al respecto, la nueva Ley 21.809 sobre convivencia, buen trato y bienestar es una noticia alentadora: robustece los equipos de convivencia y las obligaciones del Estado en la promoción del bienestar socioemocional. Esto incluye la creación del Programa de Bienestar Socioemocional Escolar, a cargo de la nueva división homónima de la Junaeb.

Esta iniciativa pretende potenciar la sana convivencia a través de experiencias que fortalezcan el sentido de pertenencia y la cohesión grupal, mediante talleres deportivos, culturales y científicos.

En última instancia, el éxito de estas nuevas normativas y programas no dependerá solo de los recursos técnicos, sino de nuestra capacidad como adultos para cambiar la mirada: Sólo cuando comprendamos que el bienestar de mi hijo o hija está indisolublemente ligado al bienestar de su compañero o compañera —incluyendo a aquel con necesidades específicas de apoyo— podremos decir que estamos construyendo una verdadera comunidad. La convivencia no es un reglamento que se cumple, es un tejido que se cuida día tras día.

Magda Montero,

Líder del Área de Educación Inclusiva de Fundación Wazú

Fuentes citadas

Chilevisión. (21 de abril de 2026). «TENGO RESPONSABILIDAD»: Habló mamá de joven que atacó en colegio de Calama – Contigo en la Mañana [Archivo de Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=rIFAPMgC7GY 

Montes, Rocío (6 de abril de 2026). Amanda Céspedes, neuropsiquiatra infanto-juvenil: «No comparto el concepto de violencia escolar, esta es una violencia social». El País. https://elpais.com/chile/2026-04-06/amanda-cespedes-neuropsiquiatra-infanto-juvenil-no-comparto-el-concepto-de-violencia-escolar-esta-es-una-violencia-social.html 

Observatorio Niñez Colunga & Centro Justicia y Sociedad UC (2024). Agenda Violencia Contra la Niñez: Panorama de los últimos 10 años.

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